A unos 50 Km. al sureste de Beirut, se encuentra Beiteddine (Casa de la Fe), cuyo nombre hace referencia tanto a la población como al magnífico palacio que, encaramado sobre una montaña de 850 m de altura, parece surgir de un cuento de hadas; un exquisito capricho de Scherezade interpretado con elegancia italiana (los arquitectos, de hecho, eran italianos). En 1788 se inició su construcción, que no finalizaría hasta treinta años más tarde; durante ese período el emir Bashir, gobernador otomano, se encargó de supervisar la edificación de un monumento que debía reflejar el poder y la gloria de su reino.
Quien visite Beiteddine agradecerá la vena ególatra de los otomanos, ya que legaron una de las mejores muestras existentes de la arquitectura libanesa del siglo XIX. Ni siquiera la invasión israelí destruyó esta edificación, aunque se estima que se perdió el 90% de los singulares y valiosos objetos que contenía. Su grandiosidad se refleja en sus tres jardines principales, las enormes caballerizas abovedadas, los pequeños museos, los aposentos para huéspedes, las fuentes, los pórticos de mármol, la marquetería, los lujosamente decorados hammams (baños turcos) salpicados por todo el complejo y su colección de mosaicos bizantinos. Muchas de estas cerámicas pertenecieron a la antigua ciudad de Porfirión, de donde fueron extraídos para su custodia en el palacio durante la guerra. Esta colección está considerada una de las más espectaculares del Mediterráneo oriental, e incluso del planeta.
Durante los meses de julio y agosto, se celebra en la población un festival en el que se presenta una mezcla ecléctica de músicos, cantantes, bailarines y actores árabes e internacionales.
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